Buscar este blog

martes, 2 de octubre de 2012



Profundidad, bien de pocos. Superficialidad, mal de muchos!






    No es casualidad que los libros están a la izquierda y la TV a la derecha.
   Me tomé el trabajo de hacer una especie de encuesta en este año, y los resultados, si bien no me sorprendieron, me dejaron perplejo:
  70% de los que tienen el hábito de la lectura, son de tendencias socialistas; 20% de los que solo ven TV, son simpatizantes del consumismo, y por consiguiente, del capitalismo; Y el 10% hacen tanto una cosa como la otra, o sea que no tienen tendencias ideológicas, es como si vivieran en una burbuja.

   La profundidad está en minoría, no era así hasta la década de los 90, cuando los medios bombardearon a la sociedad con la publicidad que inducía al consumo superficial (el inútil). Muy bien pagados por las grandes corporaciones empresariales, en complicidad con los poderes políticos que se perpetuaban en el Poder, a través de diversos candidatos títeres, que hacían creer en el cambio obligatorio exigido por la Democracia.
   Pero esa minoría,  está recuperando el terreno perdido, paulatinamente. Los cambios que se están gestando en nuestros días, son esperanzadores. El mejor amigo del ser humano: El libro, comienza a llamar la atención de la juventud.

   Superficialidad. 
  Se trata de una anomalía que se pone a descubierto públicamente, en las redes sociales y en la cotidianeidad doméstica, dentro y fuera de casa. No es difícil percibirlo, basta ser observador para notarlo; solo que se necesita ser un tanto profundo para decidirse a observar.
   La mala noticia, es que la superficialidad acarrea serias consecuencias para quién la padece. El hábito de leer la tapa del libro, y omitir el contenido, conlleva muchas veces a no comprender los puntos de vista, opiniones y decisiones del prójimo o interlocutor, lo que suele derivar en agrias discusiones, las que muchas veces acaba con amistades de largo tiempo, o lo que podría haber sido una sólida camaradería.
    Los medios audiovisuales de comunicación pública, fueron instruidos por psicólogos especializados, para imponer pasivamente esos hábitos, con el inhumano fin de evitar que las peligrosas masas populares, osasen profundizar a la hora de consumir información de carácter político.
    Prueba de eso, es la proliferación de programas de TV, que producen innumerables comedias; entretenimientos donde se premia sin ton ni son, a personas que lloran de emoción y/o alegría, por recibir dinero u otras cosas materiales, vacías de contenido didáctico. Parece ser, que lo que importa es sólo lo que se ve externamente. Estuve hace unos minutos conversando con un joven peruano, que se preocupaba por la superficialidad de la sociedad de su país; me expresaba que el estatus social, aún está presente hasta en la gente común, que suele discriminar y mofarse de líderes políticos que usan su propio vocabulario, a la hora de hacer discursos.
     Ni se les pasa por la cabeza, que la forma verbal puede ser coloquial, pero cargada de contenido específico. Sin embargo, los discursos  previamente estudiados,  y cuidadosamente moderados por especialistas profesionales en discursos de impacto inmediato, son hechos para transmitir lo que la platea desea escuchar, y no lo que debería entender.
    La tecnología de la comunicación, parece haber sido creada exclusivamente con ese fin. Quién posee algo de profundidad, podrá ver y escuchar la forma tan ambigua con la que la mayoría de las personas, hacen uso de ingenios como celulares y microcomputadores con programas de juegos absolutamente hipnotizantes, que los desconectan del entorno real por varios minutos. Redes sociales, son usadas en gran parte por personas que no quieren profundizar hacia sus propios interiores. Hijos adolescentes son humillados inconscientemente, por que sus padres y profesores han perdido la costumbre de bucear en el interior profundo de sus inquietudes. Se juzga por lo que se ve: se determina si el libro es bueno o malo, por el diseño de su tapa.
    La superficialidad desvaloriza intelectualmente al individuo, haciéndolo parecer menos instruído de lo que pueda ser; lo aparta de los debates y lo convierte en mero espectador, pues la pérdida de la capacidad de captación de los mensajes subliminales de quienes participan, le provocan el temor de hacer el ridículo. Y debido a eso, su auto valoración y autoestima comienzan a quedar seriamente comprometidas: los conflictos con las personas de su entorno, se hacen una constante.
    La profundización, es la antítesis a todo lo enumerado anteriormente. El horizonte del profundo, se abre como un abanico de oportunidades de superación. La sociedad en su conjunto, lo advierte con una mirada de respeto y admiración; su credibilidad se hace más sólida y su opinión más escuchada; la capacidad de desmenuzar dilemas, lo hace sentirse más seguro de sí mismo, y lo proyecta ante la sociedad, no como un sabio, sino como alguien verdaderamente comprometido con el censo común, con las leyes de la Lógica y la empatía colectiva.
    Jesús de Nazaret, nunca tuvo más que sus raídas vestiduras y sus gastadas sandalias. Sin embargo, su poder subyace hasta nuestros días, aún después de haber sido torturado y asesinado, dos mil años atrás. Y en nuestro mundo occidental...¿Alguien conoció ser humano menos superficial, y más profundo que Él?

                   *                    *                    *

Walter E. Carena
Twitter:@wcarena